Mucho se ha dicho de la fortaleza de Chile para enfrentar la crisis económica, sustentándose en la reconocida labor del ministro de Hacienda, Andrés Velasco, quien ha t
enido un manejo impecable de las finanzas públicas. Pero muy poco se ha hablado de la situación microeconómica, del desempleo que afecta a más 900 mil de personas (cifra real, excluyendo el programa de empleo con apoyo fiscal). Esta es la cara oscura de la crisis económica, aquella que se evita en los discursos de las autoridades y que se menciona apenas en los balances optimistas del Gobierno. Es, tal como el documental de Al Gore sobre el calentamiento global, "una verdad incómoda".
Nadie duda de que Hacienda ha hecho la pega, en el sentido que deja "las finanzas sanas y robustas", como señaló el ministro Velasco. Es muy positivo que por primera vez se deje al país convertido en un acreedor neto y que se le hereden a la próxima administración $15 mil millones de ahorro (mérito que, en todo caso no es sólo del Gobierno, sino que es consecuencia del buen precio del cobre y otros commodities en los mercados internacionales). Pero se echa de menos una cuota menor de autocomplacencia y una mayor preocupación por los efectos de la crisis en el Chile real, que no vive pendiente de los números optimistas de las finanzas públicas, sino que está luchando para que no quiebre su pequeña empresa, está inventando nuevas formas de generar ingresos y está buscando desesperadamente un empleo para poder mantener a su familia.
El ministro Velasco, quien fue elevado por la presidenta a la categoría de "héroe nacional", ha repetido hasta el cansancio que "dejaremos la casa ordenada y las cuentas sólidas". Sería positivo que los ministros del Trabajo y de Economía se pronunciaran, con el mismo tono resuelto, sobre sus avances en materia de productividad y de empleo. Pero ello no ha ocurrido, y se ha abierto una brecha cada vez mayor entre los logros macro y la realidad microeconómica, como si se tratara de dos mundos distintos: el de los economistas y el de los ciudadano de a pie. Esto es preocupante y puede tener un costo social importante.
Cuando los discursos son grandilocuentes y no se condicen plenamente con la realidad, se llega a un punto en que las expectativas elevadas caen estruendosamente y se produce una desilusión muy grande. Y la consecuencia obvia son conflictos sociales, manifestaciones y demandas de aquello que se considera que es justo, en virtud de lo prometido. Hasta ahora esto se ha logrado mantener a raya mediante la entrega de numerosos bonos, subsidios y otras ayudas económicas del Estado, como los mencionados planes de empleo. Con ello se logra aminorar el impacto de la crisis pero no se solucionan los problemas de fondo, que son la rigidez del mercado laboral y la pérdida progresiva del ritmo de crecimiento económico. Además, es imposible mantener esas ayudas en el tiempo (durante Agosto el gasto fiscal en términos reales creció 36,5%, lo cual es, a todas luces, insostenible).
Por todas las razones anteriores hago un llamado al Gobierno a retomar el empleo como prioridad número uno en estos meses que restan de su mandato. Para ello es necesario volver a discutir sobre flexibilidad laboral (aunque para algunos sea como invocar al demonio), disminuir las trabas al emprendimiento y enfrentar el problema del desempleo no con una mirada asistencialista sino que con una visión moderna, en que se entreguen a las personas las herramientas adecuadas para poder desenvolverse en una economía globalizada y extremadamente competitiva.











