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Valparaíso | 07/10/2009 | Departamento de Prensa
El desapego a las señales exteriores del poder le permitieron actuar con la libertad que siempre lo caracterizó.    
Intervención de la senadora Evelyn Matthei en representación de la bancada de la UDI

ImagenQuerida Martita; señor Patricio Aylwin, ex Presidente de la República; familia y amigos de Edgardo Boeninger:

                  

De vez en cuando en la vida uno tiene la fortuna de conocer a un ser humano excepcional. La mayoría de nosotros la tuvo: Edgardo Boeninger fue, sin duda alguna, un ser humano excepcional.

                  

Agradezco enormemente haber tenido la oportunidad no solo de conocerlo, sino de haber podido trabajar con él, de haber podido conversar con él, de haber podido observarlo durante muchos años.

                  

 Lo primero que me llamó la atención en Edgardo fue su gran inteligencia. Sabía, y estaba dispuesto a aprender en profundidad, sobre las más diversas materias. Todo lo importante lo apasionaba. Podía hablar sobre innovación, sobre el Asia Pacífico, sobre sistemas de votación, sobre temas constitucionales, sobre salud o sobre la macro y la microeconomía con igual versatilidad.

                  

Pero hay personas que son inteligentes y cultas, y que se preocupan de demostrarlo; hay otros que, por ser inteligentes y cultos, creen que tienen la respuesta para todo; y hay otros que se creen inteligentes o cultos, y se hacen insoportables por la fuerza con que tratan de imponer su propia visión. Edgardo era maravilloso, porque no hacía alarde de su inteligencia; porque no presumía saber todo, y porque a su mente ágil, abierta, interesada en todo, agregaba una profunda capacidad de escuchar, pero escuchar con respeto, escuchar de verdad.

                  

Edgardo entendía que la formación de cada persona, sus estudios, sus creencias, su historia personal, sus vivencias, van moldeando una determinada visión, van moldeando temores, anhelos. Y cuando él escuchaba a alguien, no solo atendía los argumentos que esa persona estaba dando; él sabía entender la visión, los temores, las preocupaciones, los sueños, que motivaban a las personas cuando hacían preguntas o cuando afirmaban algo en alguna discusión. Y ese era su gran aporte: su inteligencia, pero también su empatía, le permitía captar las motivaciones más profundas de las personas con las que estaba dialogando, negociando o discutiendo.

                  

Si le parecía válido algo que le decía el contrincante, lo introducía inmediatamente en la discusión, porque entendía que con ello enriquecía el diálogo y permitía la búsqueda de mejores soluciones.

                  

Quiero señalar que esa capacidad de escuchar, que era parte de su legendaria inteligencia, convertía el trabajo en Comisiones con él en un deleite intelectual y en un agrado humano. Porque, aunque tenía convicciones muy profundas, Edgardo mantenía una actitud casi de desprendimiento personal; no se apasionaba; no involucraba a su ego; no se enamoraba de sus propios argumentos, ni de sus ideas o soluciones, sino que, genuinamente, intentaba buscar la mejor solución.

                  

Le aburrían los argumentos livianos o frívolos, pero mantenía el humor; no hería a nadie; y desechaba de forma muy elegante lo que era desechable. Era una mezcla muy rara y muy curiosa de involucrarse muy profundamente, pero sin apasionamiento y sin ego; de razonar y de usar la razón, pero de entender al mismo tiempo la psicología que había detrás de la razón y de buscar soluciones prácticas que atendieran a los anhelos y a los temores de las distintas posiciones.

                  

Lo segundo que me llamó la atención fue el control absolutamente natural que ejercía sobre su ego. No buscó figuraciones, ni puestos, ni honores. Que nadie malentienda esto: no rehuyó responsabilidades; no le hizo el quite a desafíos, y supo ejercer el poder sin vacilación alguna.

                  

Cuando decidió ser candidato a rector de la Universidad de Chile hizo todo lo posible para ganar la elección. Pero era para obtener un resultado; era porque creía en una determinada visión de la universidad; era porque creía que era lo que había que hacer. No actuaba por ver su nombre o su foto en la prensa o porque se regocijara con algún puesto de poder. Ese desapego a las señales exteriores del poder le permitieron actuar con la inmensa libertad que siempre lo caracterizó.

                  

Cuando una persona quiere aferrarse a un puesto no arriesga; no desafía al stablishment; busca círculos de protección. Edgardo nunca estuvo en eso. Él buscó simplemente hacer lo que creía que era correcto. Y esta característica fue la que lo hizo poderoso. Porque gente inteligente hay mucha, pero personas que ponen a disposición del país, o de una coalición o de una institución su capacidad, sin cálculos de segunda derivada, esas personas son muy escasas.

                  

Y cuando uno hablaba con él sobre algún problema, sobre algún proyecto de ley, uno sabía que no se iba a filtrar; sabía que uno iba a ser escuchado; sabía que iba a haber una respuesta. Y por eso era poderoso.

                  

Yo encuentro que es muy curioso y, al mismo tiempo, maravilloso que una persona que no buscó el poder haya sido tan poderosa.

                  

Lo tercero que me llamó la atención fue su capacidad de gozar la vida.

                  

Antes de leer el maravilloso libro "La Igual Libertad", de Margarita Serrano, uno intuía el inmenso placer que le producían los viajes. Me acuerdo que cuando volvía de algún viaje contaba lo que había visto, lo que había aprendido. Se notaba también cómo se le iluminaban los ojos cuando hablaba de su mujer, Martita.

                  

Después de leer el libro, supe que esa capacidad de gozar la vida estuvo siempre presente, desde chico, incluso cuando lo estaba pasando mal. Se notaba en su gusto por una buena comida, por un buen baile; en gozar de la compañía de buenos amigos.

                  

Recuerdo que los miércoles, cuando se quedaba en Valparaíso, salía a trotar por la playa antes de venirse a la Comisión de Hacienda y llegaba contento, recargado.

                  

Recuerdo cómo se reía cuando alguien decía algo gracioso. Tenía una risa fácil y contagiosa. La verdad es que no es frecuente que una persona tan seria como Edgardo sea a la vez tan gozadora. Nunca permitió que su vida se convirtiese en puro trabajo, en puras responsabilidades. Se dio el espacio para ser feliz y para hacer feliz a los que le rodeaban. Y, al final, creo que esa capacidad de gozar la vida es una de las señales más grandes de la inteligencia profunda de las personas.

                  

Lo cuarto que me llamó la atención fue su ausencia total de religiosidad y su forma muy natural de sostenerla: sin fanatismo, sin acusaciones, sin complejos. Pero cuando uno está convencido que con la muerte se acaba todo, que no se rinde cuenta ante nadie y ante nada, que la muerte es sencillamente el fin, en ese caso el hacer el bien es doblemente valioso.

                  

Jovino Novoa, nuestro Presidente, destacó esto en su discurso en el Parque del Recuerdo. Y, con su permiso, señor Presidente, voy a repetir las palabras que usted pronunció en aquella ocasión porque reflejan en forma perfecta lo que uno siente ante esta forma de actuar de Edgardo con esta ausencia absoluta de religiosidad.

                  

Y abro comillas: "Siempre he admirado a quienes más allá de cualquier premio o recompensa, más allá de cualquier convicción o creencia en el futuro, más allá de cualquier signo partidista, hacen el bien porque estiman que es correcto, sirven a su Patria porque estiman que es lo justo, dicen la palabra oportuna porque tienen convicción en que el ser humano es capaz de producir grandes cosas, y aman al prójimo solamente porque ven en él a un prójimo. Siempre he admirado a esos hombres y Edgardo creo que es uno de ellos y de los más notables.".

                  

Que una persona que no cree en el Más Allá pueda señalar, pocos días antes de morir: "Solo puedo decir que nunca levanté la mano para pedir un cargo, no hice zancadillas y jamás argumenté a mi favor", que es una frase que hoy día hemos repetido todos, porque de verdad es una frase impresionante; cuando una persona que es capaz de decir eso poco antes de morir sin creer en el Más Allá, eso habla de una calidad humana conmovedora. Porque no hay un temor al juzgamiento final, solo hay una rectitud impresionante.

                  

Llama naturalmente la atención su inmenso amor por Chile. Hay muchos testimonios de ello. Y hoy día los hemos escuchado. Su comportamiento como Rector de la Universidad de Chile, su apoyo a la vía institucional, más que a las movilizaciones sociales, su actuación como Ministro de Estado, sus valiosísimas contribuciones como Senador, las veces en que nosotros lo vimos sostener posiciones que no eran populares pero que él sostuvo con firmeza, todo eso da cuenta de ese inmenso amor por Chile. Pero la verdad es que es muy impresionante también que él haya dedicado los últimos meses de su vida al libro Chile rumbo al futuro, a exhortarnos a todos nosotros y a los políticos que vienen, a los más jóvenes, a la búsqueda de acuerdos amplios y transversales que eleven la calidad de la política y que produzcan el mejor futuro posible para nuestro país.

                  

Todos los rasgos anteriores -su inteligencia, su empatía, su desprendimiento, su ego, tan bajo control, su capacidad de gozar la vida, su profundo amor por su mujer y por su familia, su bondad, su rectitud, el cariño por sus amigos, su pasión por un Chile mejor- son todos rasgos de verdad extraordinarios, extraordinarios. Pero cuando estos rasgos se dan en una persona que tuvo una niñez tan difícil creo que es casi milagroso.

                  

Me hubiese encantado haber podido conversar sobre qué es lo que hizo la diferencia en él. Aunque no sé si él hubiese querido hablar de esto. Era como modesto.

                  

Antes de leer el libro de Margarita Serrano jamás intuí, jamás sospeché que Edgardo había tenido una infancia tan difícil. Porque no había en él ni una gota de amargura, de pesar o de resentimiento. Edgardo era una persona feliz. Y eso se le notaba.

                  

Por eso, a Martita, que fue su mujer y su querida y respetada compañera, a sus hijos, al ex Presidente Aylwin, a sus amigos, a sus camaradas, a sus compañeros de coalición y a todas las chilenas y chilenos que han compartido la pena de la partida de Edgardo Boeninger, les hacemos llegar, la UDI, nuestro sentimiento, primero, de alegría y de gratitud por haber conocido a un hombre tan extraordinario, pero también nuestro sentimiento de inmenso pesar por su partida.

                  

El Senado de la República rinde hoy homenaje a uno de los mejores hombres que han pasado por esta Institución. Sin embargo, estoy convencida que el mejor homenaje que podemos rendir a Edgardo es tratar de poner en práctica en nuestro diario quehacer algunas de las muchas virtudes que caracterizaron a ese ser humano extraordinario que tuvimos el honor y la alegría de conocer.

               

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