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Valparaíso | 07/10/2009 | Departamento de Prensa
Sorprendente por su talento para buscar puntos de coincidencia entre adversarios políticos
Intervención del senador Andrés Allamand en representación de la bancada de RN

SImageneñor Presidente, estimada Martita, don Patricio Aylwin, amigas y amigos de Edgardo Boeninger:

                  

Me corresponde el honor de decir algunas breves palabras en representación de Renovación Nacional en este homenaje a Edgardo Boeninger.

                  

Edgardo era un hombre a la vez sorprendente y superior.

                  

Sorprendente por su inteligencia, por su trayectoria, por su capacidad de trabajo, por su gestión en diferentes áreas del mundo público y privado y por tantos otros méritos que se han reflejado estos días en los medios de comunicación y que, de seguro, otros mejor que yo recogerán en el homenaje que hoy el Senado le rinde.

                  

Sorprendente por su talento para buscar puntos de coincidencia entre adversarios políticos. Alguna vez me lo dijo: "Antes de iniciar una negociación, me pongo en el lugar de la contraparte. Solo empiezo a conversar cuando conozco bien sus puntos de vista y sé hasta dónde ella puede llegar. Una vez que tengo eso claro, me pregunto hasta dónde puedo llegar yo. Así todo resulta más fácil".

                  

Pero lo sorprendente, señor Presidente, va más allá.

                  

¿Cuántas personas en el mundo pueden hablar con la misma solvencia de la volea de Pete Sampras -su ídolo tenístico- y de la volatilidad del centro político en escenarios de conflicto, siguiendo a Sartori? ¿Cuántos son capaces de conocer al detalle las rendijas de las leyes y las glosas presupuestarias y el programa hípico del domingo siguiente, incluidos los secretos del hándicap?

                  

Señor Presidente, muchos se han sorprendido en estos días al conocer el relato de la niñez de Edgardo, marcada, como ha recordado aquí la Senadora Soledad Alvear, por la soledad y el abandono. Yo agregaría: marcada también por su coraje, no solo para sobrellevarla, sino para jamás ponerla por delante.

                  

Señor Presidente, hay dos actitudes posibles frente a los desgarros que a todos nos trae la vida: la de quienes la transforman en una suerte de seña de identidad, anhelando secretamente que muchos se conduelan, y la de quienes la reservan para sí, sabiendo que el mejor refugio del dolor es la intimidad compartida con los más próximos.

                  

Edgardo tuvo una niñez dura. Nunca la escondió. Pero tampoco salió a ventilarla a los cuatro vientos.

                  

Pero, señor Presidente, Edgardo Boeninger no solo era un hombre sorprendente. Era también un hombre superior.

                  

Y la superioridad de Boeninger hay que buscarla en el lugar en que algunos nunca adivinarían: hay que buscarla en su modestia.

                  

Una frase suya resume mejor que mil palabras lo que estoy diciendo. Y lo cito: "Nunca levanté la mano para pedir un cargo. No hice zancadillas y jamás argumenté a mi favor".

                  

Boeninger no creía en las falsas superioridades morales, ni en la propia ni en la de nadie. En su último libro, destaca la fluidez de las relaciones entre Gobierno y Oposición desde 1990 a la fecha, teniendo a la vista las diferencias insalvables que separaron al país desde la década del sesenta y se acentuaron hasta el límite durante el Gobierno militar, señalando que el "sentido de superioridad moral, pasados ya treinta años de lo ocurrido, no se aviene bien con una sociedad en que todos los actores comparten la adhesión a la democracia y al pluralismo".

                  

Señor Presidente, Edgardo Boeninger era un hombre superior porque nunca se vio a sí mismo de esa manera.

                  

Esa superioridad también se conjuga con la generosidad que manifestó en todas sus actuaciones.

                  

¿Qué era lo que más le importaba, más allá de su entrañable amor por su encantadora e inteligente mujer, Martita, y su familia? Servir al país; servirlo hasta el último día; servirlo con todas sus fuerzas, servirlo hasta el último aliento.

                  

Por eso es que la coincidencia de su muerte con la última entrevista publicada en "El Mercurio" para mí no es trágica. Es la mejor expresión de la forma en que Edgardo vivió: sirviendo a Chile hasta que la muerte lo alejó de nosotros.

                  

Podría contar, señor Presidente, muchas enseñanzas que recibí de él. Recuerdo en especial un viaje que hicimos juntos desde Washington hasta la Universidad de Princeton, donde debíamos participar en una conferencia académica.

                  

A boca de jarro, casi para sorprenderlo, le pregunté: ¿Cuál fue el mejor consejo que le diste al Presidente Aylwin? Lo pensó un rato y me contestó con la sencillez de siempre: "El más importante Patricio ya lo sabía: el arte de mandar es saber delegar". El mío fue menos importante. Le dije: "Patricio, los buenos Presidentes hacen pocas cosas bien y no muchas cosas mal".

                  

En estos días, señor Presidente, me he preguntado ¿por qué es tan grande el vacío que Edgardo Boeninger deja entre nosotros? ¿Por qué es tan profunda la sensación de pérdida?

                  

Quiero compartir con este Senado la conclusión a que modestamente he llegado. Creo que el vacío se explica por el contraste entre su acción política, la de Edgardo Boeninger, y aquellas conductas, de las que nadie puede eximirse de responsabilidad, que hoy están contaminando, socavando y desprestigiando a la política.

                  

Es cierto. La casa de Edgardo y Martita-, en calle Las Malvas fue el verdadero laboratorio de la transición chilena. Pero no fue, señor Presidente, solo el lugar donde se diseñó gran parte de la arquitectura de esa transición, fue también el lugar donde se pusieron muchos de los cimientos morales que toda construcción exige.      Son varios. Voy a recordar solo algunos.

                  

El respeto por la reserva de las conversaciones, en contraste con el vértigo mezquino y pigmeo de quienes creen que la astucia política radica en la capacidad de manejar el off the record.

                  

El respeto por lo acordado y la palabra empeñada. Jamás Edgardo Boeninger no cumplió un compromiso. Y jamás -él no lo habría aceptado- fue necesario firmar un papel para registrar lo que se había acordado.

                  

Hoy, sin embargo, hasta los acuerdos más solemnes son frágiles, y descolgarse -para usar el término en boga- o simplemente no cumplir lo pactado a nadie parece importarle mucho.   ¿No hemos visto en esta misma Sala entre nosotros explicaciones pueriles para no cumplir compromisos?

                  

Y, sobre todo, señor Presidente, el respeto por los adversarios. Edgardo jamás fue un pusilánime ni mucho menos un blandengue, y varias veces se vio entreverado en duras polémicas, pero nunca insultó ni descalificó a nadie.

                  

Señor Presidente, Edgardo Boeninger deja un vacío porque los valores que lo acompañaron durante toda su vida pública se están resquebrajando en la acción política del país. Allí están algunas de las raíces que explican por qué la actividad política sufre un progresivo deterioro y creciente desafección ante la ciudadanía.

                  

Por último, señor Presidente, quisiera invitar a este Senado, a la familia de Edgardo Boeninger, a sus amigos que aquí lo acompañan, a que intentáramos entre todos hacer un ejercicio e imaginar que Edgardo Boeninger está entre nosotros.

                  

Estaría ahí, sentado en el primer asiento de la última fila del medio de este Hemiciclo. ¿En qué estaría pensando? No tengo duda, como ha recordado la Soledad Alvear, que estaría pensando en su último libro, "Chile rumbo al futuro", en su contenido, en su último gran aporte el país.

                  

Pero, ¿cómo recibiría las palabras que se pronuncian en su favor?

          

Me atrevo a sugerir lo que creo pasaría por su mente privilegiada y por su corazón generoso. Estaría, señor Presidente, sin duda, contento, pero lejos de la euforia. Estaría agradecido, pero un atisbo de timidez lo contrariaría cuando considerara nuestras palabras exageradas. Pero con algo de fina ironía -esa fina ironía que se recetaba a sí mismo- no dudo que estaría pensando en algo simple pero contundente: siempre con la vista puesta en el interés de Chile.

                  

Quizás Edgardo Boeninger pensaría, aunque jamás se lo diría a nadie, lo siguiente: "Ojalá que en vez de rendirme tantos homenajes me hicieran más caso."

               

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