Señora Martita y estimados familiares; señor ex Presidente de la República, don Patricio Aylwin Azócar; apreciadas y estimadas visitas:
En el día de hoy la bancada del Partido Radical Social Demócrata rinde homenaje a un hombre múltiple, versátil, integral, polifacético; a un ingeniero, a un profesor, a un maestro, a un hombre de la alta política y, más aún, a un auténtico chileno con su dedicación y su alma, con su conocimiento y agudeza puestos al servicio del país.
La historia de Edgardo Boeninger es un claro ejemplo de una vida destinada desde sus orígenes al servicio público.
Recibido de ingeniero civil en la Universidad Católica a sus escasos 25 años y, posteriormente, de ingeniero comercial en la Universidad de Chile, fue profesor de Teoría Económica a los 33 años, a los 40 años Director de Presupuestos de la Nación y, a los 49 años, decano de la Facultad de Ciencias Económicas de su universidad. Todo ello le permitió ser un actor principal y relevante en la academia para aplicarlo en la vida pública, en el mundo de las políticas públicas, cuidando más que su propio interés el de sus compatriotas menos afortunados.
De ahí que centrara su vida a las políticas de educación dentro de sus preocupaciones principales y se abocó al estudio de dichas temáticas en organismos internacionales, conferencias, congresos, asesorando a instituciones públicas. En definitiva, aportando con su conocimiento a la búsqueda de una solución definitiva al problema de la educación en América Latina, pues comprendió que, al igual que hoy, la brecha educacional es la principal fuente de inequidad social.
En tal sentido, y dada la tradición histórica del Partido Radical, no podemos menos que inclinar nuestra frente ante el estadista que dedicó su existencia en el ámbito público al futuro de nuestros ciudadanos.
En este contexto, no fue extraño verlo orientado a la búsqueda y propuesta de soluciones destinadas al desarrollo económico de nuestro país y, a partir del inicio de la dictadura, a entender que solo la democracia podría llevar a Chile a una vida plena y respetable.
Por eso, en el inicio del período en que los partidos fueron proscritos, se integró plenamente a la Democracia Cristiana, a partir del año 1974, con el fin de colocar sus capacidades y potencialidades para lograr la recuperación de la libertad, de la justicia y, fundamentalmente, de los derechos humanos.
Son pocos los políticos que pueden mostrar una preparación intelectual como la de Edgardo Boeninger, sin duda, un hombre brillante.
La sabia conducción de este hombre inteligente y sencillo, que con valentía y decisión identificó la lucha de toda una generación por lograr que la Universidad de Chile se mantuviera libre, pluralista y democrática en los duros años de las décadas de 1960 y 1970, cuyos pares académicos lo eligieron rector. Fue él quien vivió con mayor angustia los muy duros días del golpe militar dentro de la institución. Fue su forma de ser y de mirar toda la vida la que lo llevó a procurar proteger a quienes habían sido incluso sus principales y enconados detractores, especialmente quienes conformaban el Comité Directivo y el Consejo Superior de la Universidad.
Edgardo Boeninger fue un hombre de una visión estratégica privilegiada.
En el ámbito público comenzó a brillar mucho antes del término del tenebroso período de excepción. Y su intelecto, junto a la visión del país, le permitieron concebir la estrategia de salida a la democracia, aceptando las reglas del juego del Gobierno militar, lo que, en contra de la teoría de muchos, lo llevó a impulsar la aceptación del plebiscito de 1988 y, con ello, la inscripción en los registros electorales y la lucha pacífica contra la dictadura.
Había sido uno de los fundadores principales del Grupo de Estudios Constitucionales, más conocido como el "Grupo de los 24", y actuó como vicepresidente de su partido en los años claves de la transición, entre 1987 y 1989.
Creo que su conducta y su verbo pudieron colaborar fuertemente a que los chilenos entendiéramos el sentido mismo de la democracia, la necesidad de la libertad y, como una especificidad, la necesidad de encontrar los grandes acuerdos, de los que fue un incansable propulsor.
En el Gobierno del Presidente Aylwin, y en calidad de Ministro, demostró que su modo de ver la interacción societaria era la requerida para tan difíciles momentos, lo que ratificó en su paso por este Senado de la República, donde ejerció durante ocho años.
Su talento, dedicación, modestia e incansable quehacer los puso al servicio del país, el mismo que hoy, a través de este cenáculo, le reconoce como uno de los grandes de la historia colectiva, que permitió a todos nuestros ciudadanos gozar del país en que vivimos.
Quienes le conocimos nunca olvidaremos su sapiencia. Y seguramente nuestro actuar sería mucho más fructífero si frente a cada difícil decisión nos preguntáramos cómo actuaría Edgardo. Estoy cierto que, de hacerlo así, nuestra acción sería reconocida como una obra sabia y talentosa.
Gracias, Edgardo, en nombre de Chile.











