Señor Presidente, estimada Martita y familiares, que nos acompañan; señor Patricio Aylwin, ex Presidente de la República:
Quiero saludarlos cariñosamente y especialmente a Martita, expresarles la inmensa emoción que siento esta tarde en poder representar a la bancada de los Senadores democratacristianos para rendirle un homenaje tan merecido a nuestro querido Edgardo Boeninger.
Me resulta difícil despedir a un hombre como Edgardo Boeninger, no solo por tratarse de un servidor público excepcional, sino también por ser una maravillosa persona, cuyos rasgos extraordinarios serían imposibles de resumir en estas palabras. Además, para mí, se trata de un entrañable amigo.
Sin embargo, intentaré responder al tremendo honor que me han conferido mis camaradas Senadores para homenajear a Edgardo en esta Sala, la misma en que nos acompañó, con su sabiduría, hasta el año 2006.
Para esto, he escogido siete momentos o siete facetas de Edgardo, que creo pueden ilustrar lo virtuosa de su personalidad, vida y legado.
1. EL NIÑO
Quisiera comenzar recordando al niño Edgardo Boeninger. Aquel que vivió una infancia en completa soledad y cuyo familiar más cercano llegó a ser la dueña de la pensión en la que vivió hasta el final de sus estudios universitarios.
Aquel niño que, pese al desalentador pronóstico que se podía esperar de su futuro, forjó un carácter y personalidad, transformándose en uno de los hombres más influyentes de la segunda mitad del siglo XX en Chile.
Desde que conocí a Edgardo, siempre me rondaron una serie de preguntas relativas a su niñez. En un comienzo intentaba encontrar ahí las causas que hicieron de Edgardo un hombre excepcional.
Sin embargo, a medida que fui conociendo su dolorosa infancia y muy dura adolescencia, mis interrogantes se fueron acentuando. Me era difícil suponer que un niño que se crió con tantas carencias afectivas y materiales pudiese transformarse en un hombre que amó tan apasionadamente a Martita.
Que además conformó una hermosa familia; fue un extraordinario y cariñoso padre, preocupado también de cada uno de sus amigos.
De esta manera, me preguntaba qué determinó que un niño que conociera de cerca la pobreza, nunca se inquietara como hombre por adquirir u ostentar cosas materiales.
O también, en el ámbito de sus postulados, qué determinó que un niño expulsado de un colegio particular por falta de recursos, proclame en el ocaso de su vida, mayores niveles de competitividad entre la educación pública y la privada.
En este sentido, el mismo Edgardo nos confiesa, en un libro de diálogos con la periodista Margarita Serrano, que su vida comienza a los doce años. No tenía recuerdos sobre su infancia. Su mente los había borrado. Según entiendo, eso ocurre cuando los episodios a tan temprana edad han sido excesivamente traumáticos.
Así, no obstante su dura infancia y adolescencia, Edgardo tenía la firme convicción de que podía salir adelante. De todos sus amigos, era el único que tenía que financiarse personalmente los estudios, y para ello llegó a tener veinte alumnos permanentes a quienes les hacía clases particulares de Matemáticas.
Fue así que en 1950, a los 24 años de edad y con una disciplina encomiable, pudo graduarse de Ingeniero Civil en la Universidad Católica, lo que constituía su primer grado académico y el comienzo de una extraordinaria vida dedicada al servicio público.
2. EL ACADÉMICO
Dedicarse a lo público, no fue una decisión compleja para Edgardo. La única dualidad que creo no le fue simple resolver, fue la que le producía la academia y la política. Sin embargo, pienso que resultó ser la mezcla perfecta entre ambos.
La vocación que Edgardo sentía por lo público, tuvo quizás su máxima expresión en la búsqueda permanente del conocimiento.
Fue así como entendía que su formación de ingeniero solo era una parte de la mirada amplia que requería para enfrentar el mundo y sus desafíos.
De esta manera, ahora era la Economía la que comenzaba a capturar a Edgardo. Y debo confesar que nunca ha dejado de impresionarme la manera casi mágica con que obtuvo este nuevo grado académico: sin poder ir a clases (por trabajar), obteniendo las mejores notas y compitiendo para Decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Chile con quien durante la elección debía tomar su examen de grado.
No obstante, aprobó con nota siete; ganó la elección, y construyó una gran amistad con su adversario y profesor de examen de grado.
Las ansias de Edgardo por seguir aprendiendo nunca se agotaron. Fue así como a los 50 años de edad inició sus estudios de Ciencias Políticas en la Universidad de California, Estados Unidos, casa de estudios que luego lo tendría como profesor invitado.
Sin embargo, pese a su amplia formación académica, siempre he sabido que a Edgardo, además de los títulos profesionales que poseía, le hubiera gustado ser abogado. En varias oportunidades me comentó que la lógica de los ingenieros y abogados era la misma. Creo que fue por eso que tuvo un papel tan destacado como miembro de la Comisión de Constitución, Legislación y Justicia de este Senado.
3. EL SERVIDOR PÚBLICO
Para Edgardo, el servicio público tenía una definición muy simple. Lo cito: "Tratar de hacer las cosas bien en aquellas materias que son de interés colectivo y que afectan a la comunidad en su conjunto".
Edgardo hizo las cosas espléndidamente bien. Ese quizás fue su mayor sello en cada una de las tareas que emprendía: hacer las cosas con excelencia y dedicación, sin ánimo de figurar ni obtener reconocimiento alguno. Solo porque sentía que tenía que hacer las cosas bien.
Podría agotar todo el tiempo que me queda señalando cada una de las responsabilidades públicas que Edgardo debió asumir y la calidad con que las desempeñó.
Desde haber sido el primer ingeniero de tránsito en Chile y Director de Tránsito de la Municipalidad de Santiago, cuyo legado apreciamos todos los días en nuestra Capital, al observar el sentido de las calles, las señaléticas o los semáforos, hasta haber sido tres veces Rector de la Universidad de Chile, Ministro de Estado y Senador de la República, por nombrar algunas de las tareas que desempeñó.
Sin embargo, en honor al tiempo y a lo decisivo de su participación, escojo una: Edgardo Ministro Secretario General de la Presidencia, como una pieza clave de la recuperación y reconstrucción de nuestra democracia.
La historia de Chile tendrá que dedicarle más de un párrafo entre sus páginas a Edgardo Boeninger, quien, bajo la dirección del Presidente don Patricio Aylwin, fue "el arquitecto" de nuestra nueva democracia.
Entre 1990 y 1994, el Ministro, mi colega, fue el motor ideológico de la transición. Supo tener la serenidad para enfrentar momentos de convulsión; supo distinguir entre lo importante y lo accesorio, y, quizás porque no tuvo mayores aspiraciones, pudo tener la tranquilidad para pensar siempre en el bien común.
De dicha época, me atrevo a destacar, dentro de las notables cualidades de Edgardo, la claridad y lucidez que tuvo para interpretar y entender el complejo momento político y social que vivía el país. Y así, desde dicha Cartera, supo aconsejar, con sabio pragmatismo y modestia, los pasos que Chile debía seguir hacia una transición plena.
Dichas capacidades y su reconocido rol de componedor, de generador de grandes acuerdos, de arquitecto de consensos nacionales, ha llevado a algunos a denominarlo, sencillamente, "El constructor".
4. EL CONSTRUCTOR
Edgardo Boeninger entendía que los países solo pueden avanzar en la medida que se acuerden objetivos comunes que permitan garantizar la paz social, la estabilidad institucional y el progreso.
Su rol de articulador de acuerdos y de constructor de consensos apuntaron siempre a proyectar con realismo la estabilidad de un sistema político; a propiciar la capacidad de unos y de otros de ceder y transar; a construir fórmulas que permitieran asegurar un equilibrio entre la libertad y la igualdad de las personas, como también, a generar instrumentos de diálogo político y social sólidos y perdurables.
Su vida estuvo marcada por la construcción de importantes acuerdos políticos y por un rol decisivo en decisiones fundamentales para el devenir de Chile.
Hace algunos días leía a un destacado articulista que comparó a Diego Portales con Edgardo Boeninger, ambos constructores de instituciones, marcos legislativos para el diseño e implementación de políticas públicas. Agregó algo que me impresionó este articulista. Cito: "A diferencia de Portales, Boeninger no quiso ejercer el poder". Es cierto. Él procuraba estar detrás, sin intentar figurar ni buscar los medios de comunicación. En esta materia, tampoco alcanzaría a detallar con la precisión que quisiera la cantidad y relevancia de los roles que Edgardo tuvo en cruciales acuerdos políticos.
Sin embargo, por la importancia que tuvo para Chile, no puedo dejar de mencionar la capacidad y lucidez que tuvo para convencer a la inmensa mayoría que el mejor camino para la recuperación de la democracia era a través del marco institucional vigente.
Dicha decisión fue la que ha permitido un clima de veinte años de amistad cívica y prosperidad.
Edgardo Boeninger siempre construía los acuerdos sobre la base de buscar responsablemente las mejores soluciones disponibles y creo, sinceramente, que dicha conducta en política lo erige para los anales de la historia como un hombre de gran coraje, pues implica tener la valentía de pararse frente a los fanáticos y fundamentalistas, y defender la prudencia y la moderación.
Con todo, tengo la firme convicción que todos los logros, reconocimientos y responsabilidades que Edgardo tuvo en su vida no hubieran sido posibles si no se tratara de una persona y un hombre excepcional.
5. El hombre
Edgardo fue simplemente un hombre extraordinario.
Quienes tuvimos la oportunidad de conocer a Edgardo Boeninger recordaremos que una de sus características más sobresalientes fue ser siempre franco y directo. Siempre decía lo que pensaba. Dicha franqueza y honestidad más de alguna vez le trajo incomprensión, como también uno que otro problema político. Así era Edgardo. Un hombre que con su simplicidad abrumadora fue capaz de traspasar y derribar cualquier frontera ideológica y cualquier mezquindad de corto plazo.
Por otra parte, era un hombre de muy buen humor. Su risa fuerte contagiaba; le encantaba bailar, ir al cine, ir a comer, viajar y valoraba mucho a sus amigos. Sin embargo, su faceta de gozador la ejerció con una premisa de vida invariable desde su niñez, "sin jamás perder el control", como él mismo lo señalaba.
Una anécdota puede reflejar lo anterior. Hace algo más de un mes llamé a Edgardo para comer juntos con Martita y Gutenberg. Se entusiasmó tanto que al poco rato me llamó para decirme que ya tenía reservado un restorán. Edgardo era un hombre transparente, generoso, cariñoso, inteligente, sencillo, eficiente, honesto y leal. Como el mismo Edgardo dijo en una de sus últimas entrevistas y ha sido refrendado por todos quienes han querido despedirlo, jamás levantó la mano para pedir un cargo ni antepuso sus proyectos personales por sobre sus convicciones profundas.
Son todas estas cualidades las que harán que el legado de Edgardo perdure por muchos años.
6.- El legado
El legado de Edgardo Boeninger trasciende por lejos sus logros o reconocimientos. Se expresa en su forma noble y generosa de entender la política y en apostar, antes que a cualquier otra cosa, a la capacidad de diálogo y de entendimiento.
Por eso, no quisiera dejar de mencionar la sensación que me deja la lectura de su obra póstuma "Chile rumbo al futuro", propuesta para reflexionar, cuya lectura desde ya recomiendo.
En ella, Edgardo nos advierte que las bases y acuerdos nacionales que hicieron posibles veinte años de estabilidad política e institucional no se encuentran lo suficientemente sólidas para enfrentar con serenidad las próximas dos décadas. Piensa que los pilares sobre los cuales dichas bases fueron construidas se han ido socavando paulatinamente y que, por tanto, la gobernabilidad futura no está asegurada.
Este último regalo a su patria constituye uno de los testamentos políticos más brillantes que un hombre haya dejado y, a partir de la inquietud señalada, nos invita a discutir con amistad cívica, generosidad y altura de miras cuáles son los principios y bases fundantes que el país debe adoptar para transitar política y socialmente cohesionados hacia el Bicentenario.
Con todo, es posible que muchos de sus planteamientos puedan parecer progresistas para unos, utópicos para otros o revolucionarios para algunos.
No obstante, el llamado que hace este estadista de excepción debe precisar de toda nuestra atención, ya que apunta fundamentalmente a revisar los estándares sobre los cuales se desarrolla la actividad política y se diseñan los cimientos de un futuro sistema político de entendimiento, progreso y paz social.
Ahora que Edgardo se ha ido debe ocurrir lo que sucede cuando se van los grandes hombres. Sus ideas, luchas, causas y razones deben conocerse, reflexionarse y conversarse.
Señor Presidente, no quisiera finalizar estas palabras sin añadir una nota más personal.
7. Una nota personal
Me emociona profundamente despedirlo en esta Sala, en la que estuvo hasta el 2006 como Senador de la República.
Me emociona despedir a un notable democratacristiano que desde su ingreso a nuestro partido destacó por su capacidad de generar acuerdos y anteponer los objetivos comunes ante cualquier interés individual.
Me emociona recordar cuando me correspondió asumir como Ministra del SERNAM sus convicciones respecto al rol preponderante que debía tener la mujer en el nuevo Chile que se comenzaba a dibujar a principios de los 90.
Me emociona recordar su entusiasta colaboración en la reforma procesal penal cuando era Ministra de Justicia, y el respeto y consideración que se tenía de sus opiniones jurídicas, pese a no ser abogado.
Me emociona recordar su generosidad para contribuir a concretar los tratados de libre comercio con Estados Unidos y Europa, cuando fui canciller; su motivación por la APEC y la apertura a los países del Asia; su interés por conocer experiencias de países como Australia o Nueva Zelandia, para recoger sugerencias para nuestra política exterior y el futuro de Chile.
Me emociona recordar cómo me acompaño con generosidad y entusiasmo en mis diferentes roles políticos, siempre apoyándome y aportando con propuestas y brillantes ideas.
Me emociona recordar sus palabras en nuestros últimos encuentros en la clínica.
Edgardo, querido Edgardo, en momentos en que la farándula, la descalificación y el desprestigio de la política son parte del escenario en el país tú nos enseñaste a escribirla con mayúscula.
Querido Edgardo, te confieso que me harás mucha falta, pero sé que tu legado, el cual es parte del acervo cultural y político de la República y de conocimiento obligatorio de las próximas generaciones, durará por mucho tiempo más y seguirá orientando nuestras decisiones.
Dios quiera, así sea, por el futuro de nuestra patria.
Como soy una mujer de fe, puedo decirte: "Edgardo: ¡hasta pronto, querido amigo! Nos volveremos a encontrar".
He dicho, señor Presidente.











