Para pronunciarnos sobre la reforma constitución para establecer el voto voluntario e inscripción automática no tenemos que estar pensando si se va a aplicar a partir de las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias o el año 2014 como señalan algunos.
Debemos legislar de acuerdo a los desafíos que nos plantea el sistema democrático y que, desde mi punto de vista, tiene que ver con la extensión de la participación de la ciudadanía y, por supuesto, con la creación de instituciones que permitan que esos derechos puedan ser ejercidos absolutamente por todos.
En lo personal, soy un convencido de que los ciudadanos tienen derechos, pero también tienen deberes. Y esos deberes y derechos, evidentemente, se deben ejercer en el marco de una sociedad democrática, libertaria, en la cual se respeten los derechos humanos, en que prime la justicia social. Esos son incuestionablemente puntos esenciales en que uno no tiene por dónde perderse.
Muchos somos partidarios de la obligatoriedad en muchas actividades de la sociedad chilena. Por ejemplo, está el servicio militar obligatorio, que teniendo ese carácter, aunque digan que es voluntario, porque cuando no se llenan los cupos, la ley da la facultad para completar la tropa requerida con los jóvenes en edad y condiciones físicas y mentales para cumplir con éste deber ciudadano que implica un juramento de servicio "hasta rendir la vida, si fuere necesario".
Ahí tenemos una demostración de obligatoriedad, que yo comparto en gran parte de ella, con respecto a los deberes que uno tiene con la sociedad en la que vive, con el país en el que uno vive.
Pero también hay otras obligaciones. Por ejemplo, tenemos que pagar los impuestos, porque tenemos un deber con la sociedad, tenemos un deber con la nación y, si no se cumpliere ello, todos sabemos cuáles son los castigos, las multas que se tienen que aplicar.
O sea, en nuestra sociedad, cuando se habla de que la obligatoriedad significa un concepto arcaico de autoritarismo, de una disposición dictatorial para obligar, yo al menos no lo comparto.
Desde ésta perspectiva de los derechos y deberes, hay situaciones que a mí me llaman poderosamente la atención. Por ejemplo, un alto porcentaje de jóvenes declara no estar inscritos en los Registros Electorales y esta tendencia se da muy fuertemente en los estratos socioeconómicos más bajos. Ellos no tienen interés en participar en la sociedad en que viven.
Por el contrario, los jóvenes de los grupos socioeconómicos más altos, próximos a cumplir los 18 años, si están interesados en inscribirse en los registros electorales y ejercer su derecho ciudadano. Hay estudios que indican, que un 60% de estos jóvenes tienen una firme convicción de la importancia del voto.
Entonces lo preocupante es que por vía de la voluntariedad del deber ciudadano, del deber cívico, se vaya aumentando esta sociedad desigual en la que vivimos, una sociedad en donde existen injusticias con los grandes sectores del país que nos ubican detrás de países muy limitados del continente africano. Y éste no es un récord para enorgullecernos.
Desde ese punto tengo la presunción que la capacidad de influencia y de representación política se va a orientar, a favor de los y las ciudadanas más privilegiados del sistema chileno, aquellos con altos ingresos, con mejor educación. ¡Qué duda cabe! ¡Si en nuestra educación pública ni siquiera se desarrollan los ramos de educación cívica, para interesar a los jóvenes a reconocer los deberes que tienen ellos como ciudadanos!
Sin embargo, en los colegios más privilegiados del sistema chileno, en donde hay educación regular, mejor y excelente, incuestionablemente se desarrollan otros valores, otros intereses.
Entonces, en una sociedad elitista, hedonista, de mala distribución de la riqueza, los grupos que van a tener mayor participación son los que yo he señalado anteriormente, no porque tenga un dogma contra ellos, sino porque se va creando en ellos una conceptualización más responsable de participación.
Por ello, no me gusta un sistema de participación ciudadana en donde se va acrecentando las desigualdades y aumenta la exclusión del sistema, golpeando muy fuertemente a los sectores más modestos de nuestro país.
Es grave que los jóvenes no voten, pero lo es más, si sus inquietudes e intereses pierdan vigor en las prioridades nacionales
Y si el peso relativo de los y las jóvenes dentro de la población votante ha caído incuestionablemente en forma sostenida en el último tiempo, qué duda cabe, que éste fenómeno se va a acrecentar con el voto voluntario. Y esto es grave, porque si eso sigue existiendo en nuestro país van a desaparecer los jóvenes como factor de presión hacia este mundo político que nosotros representamos, y se corre el riesgo, también, de una u otra manera, que vayan desapareciendo los problemas de ellos de la agenda pública.
Repito, entonces, que desde mi punto de vista, los desafíos de la democracia no deben restringirse en cuanto a la obligatoriedad. Yo soy un convencido de la extensión de participación de la ciudadanía y de la creación de condiciones institucionales que permitan que estos derechos puedan ser ejercidos por todos.











